Las esculturas, figuras humanas de edad incierta suspendidas en estados de casi ingravidez, no responden a una gravedad estable. Ni descansan, ni se apoyan, permanecen en un equilibrio precario, como si su lugar dependiera de una atracción que no se deja ver, pero determina su orientación, distancia y escala.
Si la ley de la gravedad formulada por Newton permitió deducir la existencia de cuerpos celestes antes de poder observarlos, aquí esa lógica se desplaza hacia lo sensible: la relación entre las piezas se manifiesta como efecto de una fuerza invisible cuya presencia se hace evidente en la disposición del conjunto.
Y como ocurre con las órbitas creamos un vínculo elástico invisible donde alejarse para volver al mismo sitio, irse lejos sin perder la referencia para volver.